Lo único que le pedí a Eduardo fue que no hablara.
Que volviera a empezar la escena desde el principio, que se pusiera delante de su compañero y que esta vez no dijera ni una palabra. Solo mirar.
Aguantó cuatro o cinco segundos. Después empezó a moverse: el peso de un pie al otro, la mano en la nuca, una ojeada al techo como si allí arriba hubiera algo interesante. Y entonces se paró en seco y se le fue la cara. Los ojos muy abiertos y nada detrás. Ese blanco que cualquiera que haya facilitado un grupo reconoce a la primera.
En la sala no respiraba nadie. Yo tampoco, y eso que estaba al otro lado.
Lo que aparece ahí siempre es lo mismo: las ganas de decir algo. Lo que sea. Un tranquilo, tómate tu tiempo que suena a cuidado y que en el fondo significa que el que no aguanta el silencio soy yo.
Rescatar es facilísimo
En el teatro convencional, un actor que se bloquea es un problema. Rompe la función y hay que sacarlo de ahí como sea: apuntarle, cambiarle el foco, meter a otro en escena.
Nosotros no vamos detrás de que la escena salga bien. Vamos detrás de lo que le pasa a la persona mientras la hace. Así que un atasco que en cualquier otro sitio habría que solucionar, aquí es justo lo que merece la pena mirar.
Si te lanzas a arreglarlo, pierdes lo que estaba apareciendo. Y hay algo peor, que tardé bastante en entender: sin querer le transmites a esa persona que su bloqueo molestaba. Que eso que acababa de pasarle no tocaba ahora, que estaba interrumpiendo el ritmo de la sesión.
Yo he rescatado muchísimo. Los primeros años, casi siempre. Y con el tiempo he tenido que reconocer que aquel impulso tan bienintencionado de echar un cable tenía poco que ver con quien estaba bloqueado y bastante conmigo, con mis propias ganas de que aquello avanzara.
Veinte segundos dan para mucho
Lo primero es no hacer nada, que es también de las cosas más difíciles que le pido a la gente que se forma conmigo. Quedarse. Dejar que el bloqueo exista un rato sin correr a quitarlo de en medio.
Y desde ahí ya se puede mirar con calma.
Una pregunta que uso mucho: ¿qué está pasando ahora mismo? No para que la persona lo explique — no quiero un análisis, y menos en ese momento —, sino para que se dé cuenta de qué hay ahí. Si contesta me he quedado en blanco, bien, ya tenemos por dónde empezar. ¿Y cómo es ese blanco? ¿Pasa algo mientras estás ahí dentro, alguna imagen, alguna sensación? Cuando te acercas un poco, casi siempre resulta que tan vacío no estaba.
La otra entrada es el cuerpo. ¿Dónde lo sientes? A veces poner nombre a una sensación física permite llegar a algo a lo que desde la cabeza no se llegaba. En la garganta, como un nudo. Pues nos quedamos con ese nudo, y por ahí se sigue.
Y hay una pregunta que procuro no saltarme nunca: ¿quieres seguir explorando o prefieres parar? Cuando alguien se siente sin ningún control, recuperar la posibilidad de elegir cambia bastante las cosas. Suena raro y funciona: saber que puede parar suele ser lo que le permite continuar.
«No sé estar sin hablar»
Vuelvo a Eduardo, que sigue ahí de pie sin decir nada.
Tenía cuarenta y tantos, trabajaba en una oficina y era el alma del grupo. De los que hacen reír antes de empezar, de los que llenan cualquier silencio con una historia. Llevábamos semanas trabajando juntos y un día caí en la cuenta de que sabíamos bastante poco de él.
Aquella tarde improvisábamos sobre despedidas. A él le tocó hacer de padre que se despide de su hijo antes de un viaje largo. La escena pedía quedarse, mirar, sostener. Y Eduardo empezaba bien, se acercaba, miraba al compañero… y de pronto: esto me recuerda a una vez que fui a Argentina y…. Se iba. Se metía dentro de una anécdota y desaparecía. Lo hizo tres veces.
Por eso le pedí la versión muda. Y fue durísimo para él, mucho más de lo que yo esperaba.
Podría haber intervenido en cualquiera de esos veinte segundos. Probablemente él me lo habría agradecido. Le dije lo único que hacía falta:
Quédate. Solo quédate.
Y se quedó. Miró de verdad al compañero y se le llenaron los ojos de lágrimas. No lloró aparatosamente ni pasó nada espectacular. Solo unos ojos llenos y un hombre muy quieto.
Lo que dijo después me lo he acordado muchas veces desde entonces: no sé estar sin hablar. Si me callo, si me quedo, entonces siento. Y no quiero sentir.
Su blanco no venía de que se le hubiera olvidado qué hacer en la escena. Había llegado a un punto donde lo de siempre — el humor, la anécdota, la simpatía inagotable que todos conocíamos — ya no le servía para irse a ninguna parte.
Tampoco hacía falta decidir allí mismo qué significaba todo aquello. Bastaba con que, cuando Eduardo no pudo hablar, apareciera algo que en semanas de taller no habíamos visto.
Ese fue el trabajo de aquella tarde. La escena de la despedida no llegó a hacerse entera y no hacía ninguna falta.
El otro bloqueo, el tuyo
Hasta aquí he hablado del participante. Del otro bloqueo se habla menos, y es el del facilitador.
El momento en que alguien se para en seco delante de ti, el grupo entero te mira esperando que hagas algo y tú no tienes ni idea de qué hacer. Se te seca la boca. Y encima empiezas a pensar que se te está notando.
Es lo que más me escribe la gente cuando se plantea la formación: me da miedo no saber qué hacer si aparece algo fuerte. Y mi respuesta decepciona un poco, porque no hay truco. Hay muchas veces en las que yo tampoco sé qué hacer.
Lo que se aprende en dos años no es una colección de intervenciones brillantes para tener siempre la respuesta a mano. Se aprende a no precipitarse, a aguantar unos segundos más, y sobre todo a distinguir cuándo estás interviniendo porque la persona lo necesita y cuándo porque el que necesita dejar de estar incómodo eres tú.
Y eso leyendo se aprende poco. Se aprende dentro de un grupo, viendo hacerlo a otros, con alguien al lado las primeras veces que se te acelera el pulso. Y también, inevitablemente, quedándote tú en blanco delante de los demás alguna vez y comprobando que no pasa nada.
En octubre empieza en Murcia la segunda edición de la formación en Teatro Gestalt. En algún momento del primer módulo alguien se va a quedar en blanco delante de todos. No sé quién será, ni qué le aparecerá, ni sabré de inmediato qué hacer con ello.
Lo que no voy a hacer es correr a llenarlo. Eso sí lo he aprendido, y me costó unos cuantos años.
¿Te interesa la formación en Teatro Gestalt? La segunda edición empieza en octubre de 2026 en Murcia. Cada nuevo artículo lo anuncio por Instagram. Si quieres escribirme, tienes la sección de contacto.