Una improvisación por parejas, en un intensivo en la costa de Murcia. La consigna era sencilla: empezad sin hablar y no decidáis nada antes de empezar.

Ella se quedó quieta. No quieta de quien duda un segundo y arranca: quieta entera. Hombros, cara, pies, la respiración arriba y corta. Su pareja aguantó un rato tirando de la escena y luego se paró también, porque no había dónde apoyarse.

Y en toda esa parálisis había una sola cosa moviéndose. Las manos, abriendo y cerrando el puño. Las dos, a la vez, una y otra vez, con un ritmo muy mecánico. Como si aquello fuera por su cuenta y no tuviera nada que ver con la mujer inmóvil a la que pertenecía.

Lo que hice en vez de preguntar

No le pregunté qué le pasaba. Si le pregunto, tiene que fabricarme una respuesta, y la fabricará con la cabeza, que era la parte de ella menos enterada de lo que estaba ocurriendo. Además, cuando alguien está paralizado delante de un grupo, la pregunta directa suele añadir una capa más de parálisis: ahora hay que contestar y hay que estar bien, y encima delante de todos.

Cogí un cojín, me puse delante de ella y se lo sostuve a la altura del pecho.

Empuja. Haz presión. Y mira qué pasa mientras empujas.

Empujó flojo, con esa cortesía que tenemos todos al principio. Le pedí más. Y en algún momento cambió algo en los pies: los apoyó, buscó el suelo y empezó a empujar con el cuerpo entero.

No hubo catarsis. Se paró, se quedó de pie, serena, y temblaba.

Hay una parte de esto que no puedo saber y prefiero decirla: cuánto de lo que salió estaba ya esperando salir y cuánto apareció porque yo le propuse empujar y seguir el movimiento. Le di una dirección. Eso lo puse yo.

No era miedo

Le pregunté por el temblor dando por hecho que era miedo, que es lo que damos por hecho casi siempre.

Me corrigió. No era miedo: era energía recorriéndole el cuerpo, y la asociaba a sentirse poderosa, a tener fuerza disponible.

Tenía razón, y yo estaba a punto de ponerle a su experiencia una etiqueta que no le correspondía. Pasa más de lo que parece. Vemos a alguien temblar y ya hemos decidido por dentro qué le ocurre, y luego trabajamos sobre esa decisión nuestra en vez de sobre lo suyo.

Le pedí que respirara eso. Que no lo explicara, que no lo entendiera todavía, que se quedara ahí un rato dejando que le pasara por el cuerpo. Y después, cuando estuvo preparada, que mirara al grupo y fuera pasando por las caras.

Nadie aplaudió. Nadie corrió a abrazarla para que aquello se cerrara antes de tiempo. La miraron, que es bastante más difícil.

«¿Y si intervengo y me equivoco?»

Es de las preguntas que más me hacen antes de entrar en la formación, y me parece una buena pregunta. La respuesta corta es que sí, que te vas a equivocar.

Yo aviso siempre el primer día de un taller: en algún momento me voy a jugar algo desde la tripa. Puede abrir algo interesante o puede que no pase nada, y si no pasa nada también está bien. Lo digo antes para que nadie tenga que confiar a ciegas.

Con la participante de las manos salió bien. Pero ya he dicho antes cuál es la parte que no sé: cuánto de aquello estaba esperando salir y cuánto apareció porque le propuse justo eso. Le di una dirección. No se puede evitar, y conviene no venderlo como una revelación del cuerpo.

Eso es lo que se entrena en dos años. No a acertar siempre. A sostener lo que abres, a reconocer cuándo te has pasado de rosca, y a saber cuándo algo excede la sala y hay que parar.

En octubre empieza la II Edición, en Murcia. Si quieres saber cómo funciona por dentro, escríbeme y hablamos.


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