Hay un momento, justo antes de que empiece una escena, en el que tengo que callarme.
Están los dos de pie, esperando. Yo acabo de darles el conflicto: quiénes sois el uno para el otro, qué quiere cada cual, por qué esta conversación no puede esperar a mañana. Con eso hay de sobra para empezar.
Y ahí es donde me sale añadir una cosa más. Una indicación pequeña, aparentemente técnica, algo así como y tú al final no cedes. Suena a precisión y no lo es. Es que ya he visto la escena entera en mi cabeza y estoy intentando que salga como la he visto.
Me pasa después de bastantes años haciendo esto. No creo que se me vaya a quitar.
Lo que doy y lo que me guardo
Una consigna buena es corta. Da un conflicto, dos posiciones y una urgencia, y luego se aparta.
Lo que no da es dirección. No dice cómo tiene que terminar aquello, ni qué debería descubrir nadie, ni en qué momento conviene que se emocionen. Eso no es información que yo tenga: es una película que me he montado mirándoles desde fuera durante las últimas semanas.
Porque eso es lo que pasa cuando llevas meses con un grupo. Te vas haciendo un mapa de cada uno. Este siempre cede. Esta no puede pedir nada. Aquel se ríe justo cuando algo le llega. Y el mapa es útil, para eso miras. El problema es cuando el mapa se me convierte en guion.
Veo a alguien que siempre cede y ya me estoy imaginando la escena donde por fin se planta. Le tengo pensada la voz que va a encontrar, el momento en que la encuentra, lo bien que le va a venir. Y ahí ya no estoy facilitando: estoy esperando a que alguien interprete algo que he escrito yo.
El participante todavía no ha empezado y yo ya tengo la conclusión preparada.
Mis expectativas también entran en la sala
Esto no se queda en mi cabeza y ahí es donde se complica.
Entra por el tono con que doy la consigna, por dónde me coloco, por lo que pregunto al terminar y por lo que no pregunto. Entra sobre todo en un detalle que cuesta ver desde dentro: cuándo paro la escena. Si el trabajo va hacia donde yo esperaba, lo dejo correr. Si va hacia otro lado, algo en mí se pone inquieto y me entran ganas de intervenir. Y esas ganas casi nunca vienen de la persona que tengo delante.
Los participantes lo notan, aunque no sepan qué están notando. Es muy fácil leerle a un facilitador lo que le gustaría que pasara. Y en cuanto alguien lo lee, entra en el terreno de complacerte, que es exactamente lo contrario del trabajo.
Un barco que salía en media hora
Hay una escena que dirigí mal y que recuerdo con detalle, porque es la que me enseñó todo esto.
Una alumna eligió hacer de monja de clausura. Se había enamorado de un hombre del pueblo de al lado, y la escena consistía en decírselo a la madre superiora: que dejaba el convento, que se iba, que había un barco saliendo del puerto en media hora y él la estaba esperando allí.
Llevábamos meses de grupo. Ella había hablado muchas veces de su marido, de un conflicto que no terminaba nunca, de que él no se hacía cargo de lo que le tocaba con los hijos. Así que en cuanto arrancó la escena yo ya sabía lo que estaba pasando: la madre superiora era su marido, y aquel barco era la salida.
Y me puse a facilitar hacia allí. No le dije lo que tenía que hacer, pero empujé. Le pedí que se sostuviera, que repitiera la frase, que sintiera de verdad lo que era decirla. La ayudé a coger fuerza para irse, que era el final que yo había escrito mientras la veía.
Lo dijo. Tomó aire, se plantó y lo dijo entero.
Lo que apareció entonces no fue fuerza. Fue un dolor muy grande, porque no estaba preparada para dejarle. Y la escena le sirvió para tocar exactamente eso, aunque yo estuviera mirando hacia otro sitio. Lo que quedó por hacer aquella tarde no fue celebrar una decisión: fue acompañar un duelo que yo le había adelantado.
La apuesta dicha en voz alta
Hay una parte de este trabajo que va por intuición, y no tengo manera de disimularlo.
A veces veo algo — un gesto repetido, una respiración que se corta siempre en el mismo sitio — y propongo una exploración basándome en eso y nada más. No tengo pruebas. Tengo una corazonada y unos cuantos años mirando cuerpos.
Por eso lo digo al empezar cada taller, antes de que nadie haya hecho nada: en algún momento nos vamos a jugar algo desde la intuición. Puede llevarnos a un sitio interesante. Puede que no pase nada, y entonces no ha pasado nada y seguimos. Las dos cosas están bien.
Decirlo de antemano me quita el problema de tener que acertar. Si la apuesta no sale, no hay nada que sostener ni ninguna cara que salvar: nos habíamos avisado.
Lo que no puedo concluir
Y luego está la tentación de después, que para mí es la más peligrosa de las dos.
Termina la escena. Ha pasado algo potente, el grupo está en silencio, y a mí se me ha formado una interpretación redondísima de lo que acabo de ver. Tengo la frase lista. Suena bien, encaja con lo que sé de esa persona, explicaría muchas cosas.
Casi siempre me la callo.
Porque que alguien haya interpretado a un tirano durante diez minutos no me autoriza a decirle que en el fondo es un tirano. Y lo que apareció ahí no salió solo de su historia: intervinieron la consigna que puse yo, el compañero que le tocó, el grupo mirando, la hora que era, lo que llevaba encima esa mañana. Se formó entre nosotros. Atribuírselo entero a ella es mala lectura y además es cómodo.
La persona tendrá que encontrar qué reconoce ahí como suyo, y puede que no reconozca nada, o que discrepe, o que necesite tres semanas. Todo eso vale. Lo que no vale es que yo tenga que convencerla de mi interpretación. Si me veo haciendo eso, el que necesita revisar algo soy yo.
La ronda del final
Al volver al círculo pregunto qué se llevan y qué les ha costado. Y ahí aparece a veces la última versión del mismo problema, que es la más disimulada.
Porque me gustaría que alguien dijera algo que cerrara bien la sesión. Una frase que conecte lo de la escena con su vida, que le dé sentido a la tarde, que nos deje a todos con la sensación de haber llegado a alguna parte. Y se nota cuando un facilitador está esperando eso: la gente se pone a buscar la frase.
Muchas veces lo único que alguien puede decir es que está removido y que no sabe por qué. Eso es una respuesta completa. Lo que hace falta entonces es no pedirle nada más y aguantarse las ganas de redondear.
La pregunta que sí sirve es la que se queda funcionando cuando ya se ha ido a casa: ¿qué me pasó a mí mientras estaba ahí? Y más adelante, si aparece, otra: si pude pedir ayuda en una escena inventada, ¿qué pasa cuando lo intento con alguien de mi vida?
Ese diálogo ya no lo escribo yo.
En octubre
En octubre empieza en Murcia la segunda edición de la formación en Teatro Gestalt. Formamos facilitadores, y esto es una de las cosas que hay que aprender: distinguir cuándo estás interviniendo porque la persona lo necesita y cuándo porque el que necesita algo eres tú.
No se aprende leyéndolo. Se aprende cuando alguien te para y te pregunta por qué has cortado justo ahí, y tú tienes que contestar de verdad.
¿Te interesa la formación en Teatro Gestalt? La segunda edición empieza en octubre de 2026 en Murcia. Cada nuevo artículo lo anuncio por Instagram. Si quieres escribirme, tienes la sección de contacto.