En un seminario de fin de semana reciente propuse una escena que acabó abriendo algo que estaba pendiente, una gestalt inconclusa. La cuento aquí y en algunos momentos me paro a pensarla con la teoría.

La consigna

La escena tenía dos personajes: el capo de una familia mafiosa y su sicario, su mano derecha. El sicario ha decidido dejarlo para trabajar como educador en una guardería, un sueño que tiene desde hace tiempo y que por lealtad nunca le ha contado. Tiene que decírselo a su jefe esa misma noche.

Salieron a escena un hombre de mediana edad y una chica joven, y entre ellos decidieron que él haría de sicario y ella de capo.

Los vi cómodos, y me vino la intuición de cambiarles los papeles. Así lo hice: ella pasaba a ser el sicario que se va, y él el capo.

Al cambiarlos noté incomodidad en los dos. Yo esa incomodidad suelo tomarla como una señal de que alguien se está acercando al polo de una polaridad que tiene en sombra. Creo que cuando la gente elige papel de manera automática, tiende a quedarse en el lado que ya conoce, en el que se siente cómoda.

Lo que yo veía

Ella es actriz, y al empezar la escena se puso a actuar. La paré y le pedí que intentara ser ella misma dentro de las circunstancias del sicario, sin impostar y sin crear nada de forma artificial. Esta es la manera de entrar a escena, y viene de Stanislavski y de sus circunstancias dadas, una de las patas del Teatro Gestalt. La pregunta de fondo es la de su «si mágico»: qué haría yo, con mi cuerpo de hoy, si estuviera delante de este jefe a punto de dejarlo.

A partir de ahí, la ilusión del sicario por su sueño no se veía por ninguna parte. Me daba la impresión de que lo que le pasaba era otra cosa. Estaba claramente enfadada, se le notaba en todo el cuerpo.

Dejé que siguiera. En Gestalt trabajamos con lo que aparece aunque no encaje con la consigna: describir lo que hay antes de interpretarlo, que es la actitud fenomenológica, y seguir la figura que va saliendo del fondo en cada momento, que no tiene por qué ser la que traía el guion.

De repente dijo:

—¿Sabes qué? Me voy.

Y dando un portazo salió de la sala, ante la mirada estupefacta de todos los que estábamos allí.

«Culpable»

La hice entrar y le pregunté cómo se sentía. Dijo que culpable, por cómo se iba a sentir el jefe. Acababa de irse dando un portazo, y lo que nombraba era culpa por lo que iba a sentir el otro. En ese momento sentí que ahí podía haber rabia.

Le pregunté a quién veía realmente delante, y llorando dijo que a su madre.

Ahí creo que se abrió algo pendiente con su madre real. Ella quería irse de casa y hacer su vida, y al parecer eso no era del agrado de su madre, que siempre le ponía pegas. Yo lo leo como una gestalt inconclusa: un asunto sin cerrar que sigue pidiendo atención y aprovecha cualquier situación parecida para volver al primer plano. La Gestalt tomó esa idea de la psicología de la forma, de la observación de que una tarea interrumpida se recuerda mejor que una terminada.

Nadie le había pedido que hablara de su madre. Apareció sola, a través del personaje.

La rabia detrás

Le pedí que eligiera a alguien del grupo que representara su rabia. Lo pensé por dos cosas. Una, su lenguaje corporal, que a mí me parecía de un enfado obvio. La otra, aquella culpa. Pensé que la rabia estaba en no permitirse saltarse la norma materna, en no poder ser ella misma por tener que responder al miedo de su madre y cuidarla.

En términos de teoría, ahí veo un introyecto, una norma tragada sin masticar que habla con voz de deber (no puedo irme, no debo hacerle daño), y algo de retroflexión, que es volver contra uno mismo lo que iba dirigido al otro: la rabia que no puedo expresarte me la quedo yo, en este caso convertida en culpa. La culpa puede ser además, sin más, el precio de querer a alguien a quien vas a decepcionar, y no tiene por qué excluir lo anterior.

Eligió a un chico. Lo coloqué detrás de ella, y él apoyó una mano en uno de sus hombros, solo en uno. Su única indicación era sostener ese papel sin hacer nada más. Después, con su permiso, le pedí al compañero que hacía de capo que se quedara en escena haciendo ahora de su madre, y a ella que volviera a hablarle.

Ahí pudo decirle lo que llevaba tiempo sin poder decir:

—Estoy harta de tener que hacerte feliz y que no tengas que pasar miedo si me voy de casa y hago mi vida. Siempre controlas todo lo que hago, y me asfixias al hacerlo.

Luego contó que la presencia de la rabia la había ayudado mucho, que se había sentido firme y con fuerza.

Perls hablaba de agresión sana, la agresividad como la energía que nos permite separarnos del otro y decirle que no. Laura Perls insistió mucho en el apoyo: para hacer contacto hace falta antes algo que te sostenga, y cuando el apoyo propio no da para tanto, se puede empezar por uno de fuera. Aquí ese apoyo fue literal, una mano en un hombro.

Volver a la escena

Volvimos a la escena del capo y el sicario. Esta vez la despedida ocupó un espacio que a mí me pareció hermoso, con los dos conectados con el momento presente. El sicario le pidió un abrazo al capo, y él se lo dio con gusto. Duró casi un minuto.

En el ciclo de la experiencia (sensación, toma de conciencia, movilización de energía, acción, contacto, satisfacción y retirada), yo diría que el portazo fue más una descarga que una acción de contacto. Había mucha energía movilizada, pero le faltaba el apoyo para sostener el encuentro con el otro, y la energía salió por la puerta. La segunda vez, con la rabia sostenida detrás, hubo contacto antes de la retirada. Para quien facilita, distinguir una acción que descarga de una que contacta ayuda mucho.

El otro lado

Al terminar les pedí a los dos que contaran cómo se sentían, si se habían dado cuenta de algo o si había cualquier otra cosa que quisieran compartir.

Cuando le pregunté al compañero cómo había sido su experiencia, se dio cuenta de que el capo que había construido tenía mucho de su propio padre, de su rigidez y su severidad. Y dijo:

—Yo me sentía con envidia de ver que ella seguía lo que su corazón le pedía, pese a que su compromiso anterior era otro. Su libertad para permitirse cambiar, cosa que a mí me cuesta.

Su personaje le puso delante, de alguna manera, su propia rigidez. Se puede leer como proyección, porque lo que vemos en el otro con tanta carga suele hablar también de nosotros, o como una polaridad, rigidez y libertad, con él identificado con el primer polo.

Había construido el capo para servir a la escena de ella, y el personaje acabó enseñándole algo suyo. En Gestalt hablamos de campo para esto: lo que aparece en una escena se produce entre quienes están en ella y el grupo que la mira.

Después, el resto del grupo compartió también algunas percepciones.

Para seguir leyendo

Este artículo está pensado para quienes se forman en terapia Gestalt o en Teatro Gestalt. He cambiado la ficción de la escena y los datos de las personas para que nadie pueda reconocerlas; la estructura y lo que ocurrió son los de aquel día.

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