Hay un momento, el primer día de cada grupo, que se repite siempre igual y siempre distinto. Pego en el suelo cuatro tiras de cinta que delimitan un rectángulo. No es gran cosa: un trozo de sala como cualquier otro, con su tarima un poco gastada y la luz de media tarde entrando de lado. Y sin embargo, cuando le pido a alguien que entre ahí por primera vez, algo cambia en su cuerpo antes de que ponga un pie dentro.
Porque ese rectángulo deja de ser suelo. Se convierte en escenario. Y un escenario, aunque esté vacío, nunca está del todo vacío.
Antes de que nadie entre, les hablo de lo que van a encontrar. Les digo que ese espacio no es como el pasillo por el que han venido, ni como la sala de espera, ni como su casa. Es un espacio de ficción, donde las reglas de todos los días se suspenden un rato. Donde pueden ser quienes no se atreven a ser fuera. Donde lo que normalmente esconden puede mostrarse, y lo que normalmente callan puede por fin tener voz.
Luego les pido que crucen.
Lo que aparece al cruzar
Casi nadie cruza igual. Está quien entra con un aire de seguridad que dura justo hasta que se queda solo en el centro; entonces el cuerpo que parecía tan firme empieza a buscar dónde ponerse, cómo colocar las manos, y la armadura se agrieta. Está quien se pega a los bordes, caminando por los márgenes como quien pide permiso para existir, y al invitarle a ir al centro algo le tiembla, porque ocupar espacio es una afirmación que no todos se permiten. Está quien entra y se pone a hacer cosas enseguida, a moverse mucho, a llenar el silencio de actividad, porque el vacío le resulta insoportable. Y está quien entra y se paraliza: el espacio que parecía vacío se llena de pronto de miradas, de juicios imaginados, y la respiración se le acorta.
Y luego llega el momento de levantar los ojos. Les pido que miren al público —que en este caso somos los demás, observando desde fuera—. Ahí es donde la magia, o el terror, se intensifica.
«Miedo», dice uno. «Siento que me van a juzgar. Que estoy haciendo el ridículo. Que todos ven lo que no quiero que vean.»
«Euforia», dice otra. «Siento que puedo ser todo lo que quiera. Que aquí no hay límites. Que soy libre.»
«Vergüenza», confiesa alguien. «Están pensando que quién me creo que soy.»
«Poder», reconoce otro, casi sorprendido de sí mismo. «Me gusta que me miren. Me siento grande.»
«Soledad», susurra una voz. «Estoy aquí arriba y vosotros estáis ahí abajo, y hay un abismo entre nosotros.»
«Conexión», dice alguien más. «Cuando os miro a los ojos, siento que no estoy sola. Que estamos juntos en esto.»
El gesto es idéntico en todos: entrar, quedarse, sostener la mirada de quien observa. Lo que se mueve por dentro mientras tanto no se parece de una persona a otra. Podríamos pasarnos una semana entera solo con esto.
El primer paso ya es todo el camino
Con los años he aprendido a no tener prisa por ese primer día. Hay facilitadores que quieren llegar cuanto antes al trabajo «profundo», a la escena que conmueve, al momento que se cuenta luego. Yo he ido descubriendo lo contrario: que en ese gesto aparentemente simple de cruzar el umbral ya está condensado todo lo que vendrá después.
Lo que sientes la primera vez que te plantas en el escenario y dejas que te miren no es un trámite previo a nada. Es ya el trabajo, en pequeño. El que se pegaba a los bordes tendrá que aprender a ocupar su sitio, y no solo dentro de la sala. A quien llenaba el silencio moviéndose le llegará el día de averiguar qué pasa si, por una vez, se queda quieto. Y esa parálisis que le entra a alguien cuando lo miran rara vez se queda en el escenario: se la lleva puesta a otros muchos sitios. El escenario no inventa nada de esto. Solo lo pone donde se puede ver.
Por eso me gusta tanto este momento. Porque es honesto. No hay todavía técnica que esconderse detrás, ni personaje al que agarrarse. Solo estás tú, cruzando una línea de cinta adhesiva, y todo lo que eres entra contigo.
Quizá estás a punto de cruzarlo
Si has llegado hasta aquí leyendo, puede que no seas un facilitador buscando ideas para su grupo. Puede que seas alguien que lleva tiempo dándole vueltas a formarse, que ha mirado la página de la escuela más de una vez, que ha sentido el tirón y a la vez el miedo. Esa mezcla de tirón y miedo, por cierto, es justo lo que cuenta la gente cuando cruza el umbral por primera vez. Yo hace tiempo que dejé de leerla como un aviso de que no estás listo. Por mi experiencia suele ser más bien la antesala de algo que importa.
En octubre empieza en Murcia la segunda edición de la formación en Teatro Gestalt. Una nueva promoción va a entrar en esa sala, va a mirar ese rectángulo de cinta en el suelo, y va a cruzarlo por primera vez. Todavía no les conozco. Pero hay algo que ya me imagino: que cada uno llegará con su manera de acercarse al borde —unos de frente, otros de lado, alguno casi sin atreverse— y que ninguno saldrá igual a como entró.
A lo mejor uno de ellos eres tú.
¿Te interesa la formación en Teatro Gestalt? La segunda edición empieza en octubre de 2026 en Murcia. Cada nuevo artículo lo anuncio por Instagram. Si quieres escribirme, tienes la sección de contacto.