Rosa acababa de terminar una improvisación en la que por fin había sacado la rabia, y volvía a su sitio todavía con el pulso alto, cuando oyó a Nieves decirle a otra, en voz no tan baja como creía: a esta me la conozco yo, de las manipuladoras.

Lo que hizo Rosa después me lo contó ella semanas más tarde, porque en ese momento no dijo nada. Se sentó. Aguantó el resto de la sesión. Y durante las dos horas que quedaban se las arregló para que no le tocara con Nieves en ningún ejercicio, cosa que en un grupo de veintitantas personas requiere bastante planificación.

Rosa es funcionaria y llevaba meses contando en la ronda final lo mismo: que tenía una compañera de trabajo que la intimidaba. Que delante de ella se le acababan las palabras. Que salía de cada encuentro con la lista de todo lo que debería haber dicho.

Y aquel día, sin que nadie lo hubiera preparado, tenía el mismo guion montado dentro de la sala.

Un grupo no es un simulador

Esto es algo que no cuento lo suficiente cuando explico en qué consiste la formación, quizá porque suena peor que hablar de escenas y de ejercicios.

Pasas dos años con las mismas veinte personas. Te caen bien unas y regular otras. Alguien te interrumpe siempre, alguien se lleva el foco, alguien hace un comentario que te revienta el día. No son personajes: son gente, con su propio carácter y su propio mal día, y contigo se comportan como se comportan.

Así que las dinámicas que traes puestas de fuera no se quedan esperando a que alguien proponga una escena sobre ellas. Aparecen solas, en el café, en los tríos, en quién elige a quién. Con la diferencia de que aquí, a veces, se pueden decir en voz alta.

Yo no me enteré de lo de Nieves hasta mucho después. Estaba en la sala, no oí nada, y Rosa tampoco vino a contármelo. Lo cuento porque me parece importante: un facilitador no ve ni la mitad de lo que pasa en su grupo.

La casualidad de los tríos

A la sesión siguiente tocaba trabajo en tríos. Los formé al azar, como casi siempre, y a Rosa le tocó con Nieves.

Llámalo casualidad. A mí me pasa bastante y he dejado de sorprenderme, aunque aquella vez me acordé de ella cuando vi los grupos hechos.

El ejercicio pedía algo sencillo de decir y difícil de hacer: decirle al otro lo que te pasa con él. No lo que piensas de él, que es otra cosa y más cómoda. Lo que te pasa cuando lo tienes delante.

Rosa empezó diciendo que lo que le pasaba con ella era que sentía un juicio suyo que la hacía pequeña. Y en mitad de la frase se oyó a sí misma y cambió de rumbo:

pero ahora, según te lo digo, veo que de pequeña nada. Que puedo aguantarte la mirada. Y que si no te gusta lo que ves, no es mi problema, será el tuyo.

La segunda mitad se le ocurrió mientras decía la primera. Eso no se trae preparado de casa.

Nieves se puso roja. Tardó un rato en recomponerse, pidió disculpas, y después dijo algo que no tenía ninguna obligación de decir: que Rosa le recordaba a su madre. Que de niña la había visto manipularla a ella y manipular a su padre, y que acababa de darse cuenta de que le había colgado esa figura a una mujer a la que apenas conocía.

Rosa, escuchando aquello, se llevó también lo suyo. Usó una palabra que yo no habría usado delante de ella, victimismo, pero la dijo ella y por eso la dejo: vio que su manera de colocarse podía caerle al otro encima como una culpa espesa.

Las dos salieron de aquel trío con algo, y ninguna de las dos con lo que esperaba.

Lo que se llevó

Varias semanas después, en la ronda del final de un módulo, Rosa contó la otra mitad.

Había vuelto al trabajo, había vuelto a tener delante a su compañera, y no se había sentido intimidada. Ni aquella vez ni ninguna de las siguientes. Dijo lo que pensaba, sin preparar el discurso en el coche ni repasarlo después.

No cambió la compañera, que seguía siendo la misma. Cambió que Rosa ya lo había hecho una vez, con alguien que al día siguiente seguía estando ahí y a quien le iba a seguir viendo la cara durante año y medio más.

Dramatizar para desdramatizar

Contado así podría parecer que lo que sirve es lo real y que las escenas inventadas son el calentamiento previo. Sería una conclusión rara, porque el orden de los hechos va al revés: todo esto empezó en una improvisación. Si Rosa no hubiera sacado la rabia aquella tarde haciendo de otra, no habría habido comentario, ni evitación, ni trío.

Claudia, que fue mi maestra, lo decía mejor de lo que lo digo yo: en Teatro Gestalt dramatizamos en escena para desdramatizar la vida.

La escena inventada es donde se puede subir el volumen entero. Gritar, acusar, pedir sin rodeos, irse dando un portazo, hacer lo que en tu vida no haces porque en tu vida tiene consecuencias. Y cuando uno ya ha estado ahí arriba, lo de fuera pesa distinto: la conversación con la compañera de trabajo sigue siendo incómoda, pero ya no es el acontecimiento que era.

Las dos cosas trabajan juntas. La ficción sube la temperatura y el grupo, que es gente de verdad, es donde eso aterriza.

Lo que no voy a prometerte

Esto no sale siempre, y desde luego no sale porque yo lo organice.

Yo no puse a Nieves a decir aquella frase. No formé los tríos buscando ese encuentro, y si lo hubiera hecho probablemente habría salido mal, porque forzar una confrontación es una manera bastante fiable de que nadie diga nada verdadero. Lo único que hice fue sostener un marco donde eso pudo pasar y no interrumpirlo cuando empezó.

También hay gente que pasa dos años sin que le ocurra nada parecido, y se lleva otras cosas. Y hay conflictos de grupo que no se resuelven, que se quedan ahí tirantes hasta el final, y eso también forma parte de lo que hay.

Lo que sí puedo decir, porque lo he visto suficientes veces, es que el grupo no es el ensayo general de la vida. Es ya un trozo de vida, con las mismas personas durante dos años, y lo que uno aprenda a hacer ahí lo aprende haciéndolo de verdad.

En octubre

En octubre empieza en Murcia la segunda edición de la formación en Teatro Gestalt. Van a entrar veinticuatro personas en una sala y van a pasar dos años juntas.

En algún momento, a alguna de ellas le va a caer mal otra. Alguien va a oír algo que no debería haber oído. Y alguien va a tener que decidir si lo dice o se lo traga, que es exactamente la decisión que lleva tomando mal toda la vida.

Eso no es un fallo del diseño. Es media formación.


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